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abril 2025
RL/Cultura

Amistad junto al mar

Por qué Los Hamptons son el lugar ideal para pasear con los perros por la playa.
Por: Adam Green
Hay un acertijo zen en que el que un maestro chino del noveno siglo Yunmen dice a sus discípulos: «No quiero saber cómo eran las cosas hace quince días, pero contadme una cosa: ¿cómo serán dentro de quince días?». A lo que responde de inmediato: «Todos los días son buenos». A primera vista, parece tratarse de una afirmación ridícula. Cualquiera que tenga una conexión a Internet estable que le permita estar al día de la actualidad o que se haya visto obligado a ver la película Wicked estaría de acuerdo. Desde que nací, tengo cierta propensión a la melancolía, y mi superpoder consiste en quejarme de casi cualquier cosa, por muy insignificante que sea. Así pues, aceptar la vida tal como es no es algo que me salga de forma natural, y mucho menos encontrar la alegría y la paz en cada una de sus 24 horas. Y, sin embargo, puedo confirmar que sí, que todos los días son buenos, siempre y cuando encuentre algún momento para sacar a pasear a mi perra Grace por la playa. Quizá eso no sea exactamente lo que el maestro Yunmen quería decir, pero es lo mejor que puedo hacer.
Mi familia y yo tenemos el gran privilegio de vivir todo el año en Water Mill, que queda a un corto trayecto en coche de muchas de las playas locales, que ofrecen una preciosa arena blanca para pasear y tramos para nadar y surfear que las convierten en algunas de las playas más espectaculares de todo el mundo. También tengo la suerte de que Grace sea mi compañera: es una mestiza de terrier ágil y de patas largas, desaliñada y de gran corazón, que hace honor a su nombre cuando corretea por la orilla tras una pelota de goma, se abalanza sobre una bandada de charranes, sale disparada hacia las dunas en busca de un olor tentador, se revuelca como una loca sobre un pez muerto o simplemente trota a mi lado, mirándome de vez en cuando para llamar mi atención. Sin importar la época del año o el tiempo que hace, ni las penas y dificultades reales o imaginarias, siempre puedo subir a Grace en el coche, ir a la playa de Gibson en Sagaponack y dejar que la belleza cambiante de la naturaleza y la alegría desatada de Grace me devuelvan la calma.
Para Grace y para mí, la rutina diaria de nuestra hora en la playa reafirma que aún formamos un equipo y le comunica que sigo siendo su compañero.
Por supuesto, hay muchas razones prácticas para pasear por la playa con tu perro. La primera es el simple placer de activar el cuerpo en plena naturaleza, algo que rara vez haría de no ser por Grace (sobre todo en lo más duro del frío y oscuro invierno), y por los beneficios para la salud que conlleva. Aunque el surf que hacía antes de ser padre, el CrossFit y el yoga han sido durante mucho tiempo mis formas preferidas de hacer ejercicio, caminar con Grace hace que llegar a mis 10 000 pasos diarios sea algo sencillo. La playa también presenta su propia vida social paralela para ambas especies, que se basa más bien en los caprichos de la compatibilidad canina que en las preferencias de los seres humanos. Aun así, me llena de satisfacción ver a Grace correr en círculos a toda velocidad con sus amigas (una bóxer rojiza que se llama Roxie, una perra mestiza blanca y negra que también se llama Roxie y una imponente terrier de Norfolk que se llama Sally) mientras intercambio cotilleos locales con sus dueños. Por lo general, estas amistades, aunque agradables, no suelen ir más allá del aparcamiento, con alguna que otra excepción. Tras conocernos en las playas de Gibson, un eminente novelista de unos 80 años y su esposa (además de su bulldog francés Grischa, un robusto ladrón de pelotas de goma) empezaron a invitarnos a mi esposa Katie y a mí a cenar a las 20:30, una hora poco habitual en la región. Y debemos nuestra estrecha y larga amistad con la pareja con que hicimos burbuja durante lo peor de la COVID a las horas que Olive, su enérgico perro de aguas, y Grace pasaron juntos jugando a pelearse cuando se conocieron.
Pero, al final, el tiempo que Grace y yo pasamos juntos en la playa no tiene nada que ver con seguir buenos hábitos de salud y todo que ver con saber conectar. Cuando adopté a Grace hace unos ocho años, era un hombre soltero, con pocas responsabilidades más allá de cuidar de nuestra manada de dos. Ahora estoy casado, y Katie y yo tenemos una hija de tres años y medio llamada Helen que, como todos los niños y especialmente los más peques, acapara la mayor parte de nuestro tiempo, atención y energía, y que con ello nos hace muy felices. Para Grace y para mí, la rutina diaria de nuestra hora en la playa reafirma que aún formamos un equipo y le comunica que sigo siendo su compañero. También me recuerda que, cuando dejo de preocuparme el tiempo necesario para prestar atención al presente y a todo lo que ofrece, como el cambio de las mareas y los vientos, la luz cambiante que transforma el paisaje playero, las idas y venidas de las aves marinas o la vitalidad desbordante de una perrita que lo da todo corriendo a lo largo de la orilla con unas orejas que ondean en la brisa; se confirma la idea que todos los días son buenos. Después de toda una vida de ensimismamiento, es un gran alivio descubrir que puedo ser parte de la trama de este mundo, pero no soy el protagonista de la historia. También es un buen entrenamiento para la paternidad, que requiere la priorización del bienestar de los demás sobre el estado de ánimo propio y la aceptación constante de que la vida de uno no es, de hecho, de uno, o al menos no del todo. Ahora que nuestra hija, Helen, tiene la edad suficiente para acompañarnos a Grace y a mí en nuestras salidas a la playa, puedo disfrutar de su alegría mientras la veo descubrir este acertijo por sí misma.

Adam Green, colaborador de Vogue y The New Yorker que está escribiendo sus memorias, vive con su familia en Water Mill.