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abril 2025
RL/Cultura

Los andarríos

Los Hamptons son famosos por sus legendarios pintores y por sus deliciosos cultivos, pero su fruto más extraordinario fue en otro tiempo el gran escritor estadounidense.
Por: Jay McInerney
Buenos tiempos
Tom Wolfe y Kurt Vonnegut, Los Hamptons, 1985.
Los pintores que llevan aquí, en el extremo este de Long Island, desde finales del siglo XIX se sintieron atraídos en parte por la calidad de la luz: los cristalinos cielos marinos marcados por dos cuerpos de agua salada adyacentes. Desde los albores del impresionismo americano, con William Merritt Chase y Childe Hassam, hasta mediados del siglo XX, primero con expresionistas abstractos como Pollock, Krasner y de Kooning, y más tarde con la irrupción de Warhol y Lichtenstein, los pintores siguen llegando desde las vertiginosas calles de piedra de Manhattan, y de otros lugares más lejanos. Menos comentada, pero aún más cautivadora para algunos de nosotros, fue la constelación de talento literario que se sintió atraída a esta península comúnmente conocida como Los Hamptons en honor a algunas de las localidades que la componen: East Hampton, Bridgehampton y Southampton. Hay quien viene por el sol y la arena, por algunas de las playas más bellas e inmaculadas de América. Yo, en cambio, no vine buscando el sonido de las olas, sino el de las máquinas de escribir.
Buenos tiempos
Tom Wolfe y Kurt Vonnegut, Los Hamptons, 1985.
La primera vez que visité Los Hamptons fue a principios de los ochenta. Por entonces daba mis primeros pasos como escritor, y me alojé en casa de un amigo llamado Scott Sommer, que acababa de publicar una novela en Random House. No recuerdo mucho de ese fin de semana más allá de que me encantó la zona. La segunda vez que salí de la ciudad me acompañaba mi novia, la modelo Marla Hanson, que se había convertido en objetivo de la prensa sensacionalista después de haber sido atacada por unos matones contratados por su resentido casero. Yo ya había adquirido bastante fama como novelista, y llegué dispuesto a integrarme en la comunidad literaria local. Nos alojábamos en Amagansett, en la casa junto al mar del editor de la revista Esquire Terry McDonell y su esposa, a cuyos hijos enseñé a pescar con caña desde la orilla. La casa era una preciosa vivienda colonial de Nueva Inglaterra revestida de madera y pintada de color rojo granero, y la gente de allí la conocía como La Casa de la Langosta. Recuerdo entrar por primera vez en la habitación de invitados con Marla y, al ver las cortinas de lino blanco ondeando con la brisa, recordar aquellas cortinas que F. Scott Fitzgerald describía en la casa de Tom Buchanan en East Egg. En los años veinte, los escritores (Fitzgerald y Ring Lardner incluidos) no se desplazaban hasta los Hamptons, que quedan más al este, sino que se agrupaban en pueblos como Great Neck, que eran más accesibles desde la ciudad. Terry me presentó a algunos de los intelectos de la zona. Los escritores parecían agruparse en los pueblos de Sag Harbor y Sagaponack. Entre las primeras invitaciones a cenar que recibimos se encontraba la casa de George Plimpton, quien había publicado mi primer relato corto en la revista Paris Review. A aquella cena asistieron Kurt Vonnegut, John Irving y Peter Matthhiessen, que vivían a pocos pasos de George en la calle principal de Sagg, una carretera rural que desembocaba en el océano. Quedé bastante impresionado. A su vez, ellos también se habían sentido atraídos en parte por la presencia de James Jones, autor de De aquí a la eternidad, que había vivido un poco más arriba de la calle hasta su fallecimiento, y cuya viuda Gloria seguía dando fiestas los domingos que atraían a los vecinos y a escritores de la zona como John Knowles, William Gaddis, James Salter, Willie Morris y Joseph Heller. Truman Capote, a quien conocí en la casa de Plimpton en Manhattan, también había sido residente de Sagaponack, aunque murió en 1984 justo después de que mi primera novela, Luces de neón, fuera publicada. Nora Ephron vivía a la vuelta de la esquina en East Hampton, y Tom Wolfe no muy lejos, en Southampton.
Leones en verano
De arriba a abajo y de izquierda a derecha: James Salter, George Plimpton, Nora Ephron, Joseph Heller, Truman Capote, James y Gloria Jones y Jay McInerney.
Terry me presentó a algunos de los intelectos de la zona. Los escritores parecían agruparse en los pueblos de Sag Harbor y Sagaponack. Entre las primeras invitaciones a cenar que recibimos se encontraba la casa de George Plimpton, quien había publicado mi primer relato corto en la revista Paris Review. A aquella cena asistieron Kurt Vonnegut, John Irving y Peter Matthhiessen, que vivían a pocos pasos de George en la calle principal de Sagg, una carretera rural que desembocaba en el océano. Quedé bastante impresionado. A su vez, ellos también se habían sentido atraídos en parte por la presencia de James Jones, autor de De aquí a la eternidad, que había vivido un poco más arriba de la calle hasta su fallecimiento, y cuya viuda Gloria seguía dando fiestas los domingos que atraían a los vecinos y a escritores de la zona como John Knowles, William Gaddis, James Salter, Willie Morris y Joseph Heller. Truman Capote, a quien conocí en la casa de Plimpton en Manhattan, también había sido residente de Sagaponack, aunque murió en 1984 justo después de que mi primera novela, Luces de neón, fuera publicada. Nora Ephron vivía a la vuelta de la esquina en East Hampton, y Tom Wolfe no muy lejos, en Southampton. Durante un par de veranos asistí a cenas en Sagg Main, en casa de los Irving, de los Jones, de los Plimptons y de los Matthiessens, además de en la casa de Richard Price y su esposa, la pintora Judy Hudson, que quedaba cerca. Ojalá hubiera tomado notas. Sagaponack ha sido nombrada recientemente la población más cara del país, por lo que no creo que atraiga a muchos escritores en el futuro. Además de Sagaponack, la otra comunidad literaria era Sag Harbor, la antigua ciudad ballenera mencionada en Moby Dick como lugar perverso y que en otro tiempo fue el hogar de James Fenimore Cooper. Sag Harbor fue la residencia de John Steinbeck durante muchos años, cuando aún era principalmente una comunidad obrera habitada por los empleados de la fábrica de relojes. Se decía que Steinbeck disfrutaba de su relativo anonimato en la comunidad. Hace una década aproximadamente, un par de descendientes suyos, que seguían siendo propietarios de la casa y los terrenos, me invitaron a hacer una visita guiada. La casa está rodeada de agua, formando un pequeño oasis peninsular al borde del pueblo que podría haber sucumbido al voraz apetito por residencias frente al mar, pero que, en lugar de ello, acaba de convertirse en museo abierto al público. Nelson Algren, E.L. Doctorow, Colson Whitehead, Spalding Gray, Thomas Harris, Amor Towles y Wilfrid Sheed tienen en común haber hecho de Sag Harbor su hogar. Todavía quedamos unos pocos por aquí. Y, aunque la pequeña autopista está más congestionada, los precios de las viviendas se han disparado y nos ha invadido una horda de nuevos ricos, este sigue siendo uno de los lugares más hermosos de la tierra. Y siempre existirá el orgullo de haber sido la colonia rural con los escritores más célebres e ilustres de Estados Unidos.

Jay McInerney es autor de nueve novelas, entre las que se incluye See You on the Other Side, que publicará próximamente la editorial Knopf en 2026.