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Al timón

El capitán Bill Pinkney, el primer afroamericano que dio la vuelta al globo en barco en solitario, navegó por el mundo tal y como quiso

Hace unas semanas, el capitán Bill Pinkney, conocido por sus proezas como navegante, entre las que se encuentra ser el primer afroamericano en navegar en solitario alrededor del mundo (de 1990 a 1992), fue incluido en el Salón Nacional de la Fama de Navegación de EE. UU. y recibió el galardón «Lifetime Achievement Award» como reconocimiento a toda su trayectoria.

Es poco probable que Pinkney, que estuvo a punto de ahogarse con 12 años, se hubiese imaginado de joven que esa sería su vida.

Pinkney siempre sintió una gran atracción por el agua, incluso desde niño, y quizás ese fue el motivo de su sorpresa cuando, tras saltar al lago Michigan junto a sus amigos, se dio cuenta de que no sabía nadar. Aunque inolvidable, el incidente no desalentó a Pinkney, que siempre ha considerado las masas de agua como una especie de hogar en el que descansar del desgaste de la vida.

«Era una llamada hacia la aventura», comenta, refiriéndose al agua. «También era el único lugar en el que me sentía bien, sin que las dificultades y los horrores de la vida pudieran perseguirme».

Pinkney es nativo de Chicago de tercera generación. Nació en el South Side en 1934 y creció en Bronzeville, uno de los núcleos culturales de la comunidad afroamericana del siglo XX. A pesar del fuerte racismo que sufrió en una ciudad tan intensamente segregada y en la escuela predominantemente blanca a la que asistía, fue precisamente en esta última donde desarrolló su amor por la lectura. Fue con unos 12 años cuando Pinkney descubrió la novela de Armstrong Sperry Esto es Coraje (Call It Courage), ganadora de la Medalla Newbery en 1941. La historia le causó una honda impresión. 

«Me sentía identificado con el joven del libro», comenta en referencia a la crónica de un chico polinesio en su viaje hacia la madurez, en la que se narran episodios como su miedo al agua o la vez que mató un jabalí. «Me identificaba mucho con querer hacer todas esas cosas en el séptimo curso, pero fue a los 55 años cuando al fin me decidí a hacerlas».

Tras terminar el instituto, Pinkney realizó una formación de técnico de rayos X. Sin embargo, antes de ponerla en práctica, se alistó en la Marina en 1956, donde se acabó enamorando aún más del agua. Ocho años después, Pinkney fue relevado del servicio militar y se mudó a Puerto Rico, donde comenzó a trabajar como mecánico de ascensores mientras participaba con bastante éxito en competiciones de baile de limbo los fines de semana. El limbo se le daba tan bien que hasta abandonó el puesto de mecánico para dedicarse a ello durante todo un año. Tras ese año, volvió a Chicago a «ganarse el pan» como técnico de rayos X, a la vez que aprovechaba los fines de semana para salir a navegar.

Por aquel entonces, Pinkney navegaba en solitario porque no siempre podía encontrar a las otras tres personas necesarias para participar en muchas de las regatas más populares. Con el tiempo, acabó comprando un barco de 8,5 metros y se unió a la Lake Michigan Singlehanded Society para participar en su regata de 170,6 kilómetros. Además de las regatas en solitario, Bill disfrutaba navegando en soledad y del sentimiento de libertad que experimentaba al estar en el mar él solo.

Cuando rondaba los 55 años, el deseo de dejarles algo a sus dos nietos hizo que Pinkney tuviese una revelación: iba a viajar alrededor del mundo él solo en un velero. 

«Quería hacer algo que sirviera de legado para mis nietos. Me dije a mí mismo: "No les puedo dejar dinero, pero les puedo dejar algo a lo que aspirar"», explica.

En una reunión de antiguos compañeros de colegio, poco antes del comienzo de su viaje, Pinkney habló de sus planes con el director de la escuela. Fue entonces cuando la iniciativa cobró vida propia. En poco tiempo, la aventura alrededor del mundo de Pinkney ya formaba parte del currículo educativo en Chicago y Boston. Su viaje, antes una humilde expedición, se había convertido en un gran acontecimiento.

En total, Pinkney acabó comunicándose con más de 30 000 niños a través de radiotelefonía y de un dispositivo de comunicación por satélite que informaba de su posición seis veces al día. Para el viaje, Pinkney usó un barco de 14,3 metros apropiadamente llamado Commitment (Compromiso), en el que navegó durante 22 meses: desde el 5 de agosto de 1990 hasta el 9 de junio de 1992. Él comenta que su mayor miedo no era la muerte, sino sobrevivir, perder el barco y tener que empezar el viaje de nuevo.

«El rival más difícil de todos no es el mar, sino tú mismo... porque llegas a conocerte a ti mismo, tu resiliencia, tus miedos, tus demonios, tus sueños», comenta.

Una vez completó su viaje, Pinkney fue recibido como un héroe, y no solo por parte de su familia. Se le conmemoró en el 102.º Congreso del Gobierno de los EE. UU., escribió un libro infantil, dio charlas por todo el país e incluso recibió tres grados honoríficos. Según sus propias palabras, no ha amasado una gran riqueza, pero sí que tiene una «fortuna en recuerdos» que el dinero no puede comprar.

Quien pregunte a Pinkney que qué cambiaría de su viaje con la expectativa de escuchar un predecible «nada» o un monólogo contemplativo, recibirá como respuesta que le hubiese gustado usar un barco más grande. Y quien le pregunte acerca del significado del «Lifetime Achievement Award» del Salón de la Fama, conocerá el motivo por el que se embarcó en su periplo hace más de 20 años.

«Ahora puedo relajarme y pensar: "Bueno, esta hazaña la logré por mis propios medios, con el conocimiento que tenía y el anhelo por llevarla a cabo. No con el fin de demostrar nada, sino para que mis nietos supieran que puedes hacer más de lo que crees"», explica Pinkney con una convicción que podría con el más escéptico.

Kovie Biakolo es escritora y editora, y reside en Brooklyn. Sus trabajos han aparecido en The Atlantic, The New York Times y Smithsonian Magazine, entre otras publicaciones. Biakolo es profesora adjunta en la Escuela de Posgrado de Periodismo Craig Newmark, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.
  • Imágenes cortesía de Carter Berg