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Por El
Desierto

El tiempo se detiene y florecen los sueños en Taos, un legendario enclave de artistas en Nuevo México. Chris Wallace siente esa atracción

La primera vez que llegué a Taos (Nuevo México), percibí la misma señal mística de sabiduría que se puede esperar sentir cuando uno visita Stonehenge o Sedona: “Este lugar es mágico, amigo”. Por ejemplo, me contaron que el pico Wheeler, una suave cima de roca en la sierra de la Sangre de Cristo que se levanta junto a esta pequeña población, tenía un potente, aunque casi inexplicable, magnetismo. Se dice que la ciudad en sí posee una energía curativa, incluso más allá del misterioso fenómeno conocido como “el Zumbido de Taos” que se escucha por todas partes a baja frecuencia, como si fuese un ronroneo, sin que pueda atribuirse su origen, como una especie de Expediente X. Además, es por todos conocido que espíritus buenos y malos suelen atormentar el lugar. Claro está que los nativos de cualquier bonito y remoto pueblo que cuente con un legado artístico, desde Montauk hasta Big Sur, siempre aprovechan cualquier ocasión para promocionar las virtudes sagradas y los chacras de su lugar de origen. Pues bien, durante mis dos visitas al programa de residencia para artistas de Helene Wurlitzer me convertí en uno de ellos.

Esta pequeña ciudad, con una población al norte de 5000 habitantes, no se parece a ningún otro lugar del planeta. A unos 2725 m sobre el nivel del mar, el ambiente es seco como la tiza; inestable, ligero, reduciendo el oxígeno del cerebro como en una meditación. Los lechos rocosos del periodo Pérmico que rodean la región, densos en hierro férrico oxidado por los monzones del Triásico, han ido disminuyendo a lo largo de los años hasta dejar al descubierto las polvorientas paredes de las gargantas y los afloramientos rocosos de color amarillo melón, rojo coral y malva. Se cree que el pueblo de adobe, algo más reciente (aunque también antiguo), es la estructura continuamente habitada más antigua de América del Norte (la datación por carbono la ha situado en más de 1000 años de antigüedad). Con el pasado y el presente en un mismo plano, el tiempo en Taos puede resultar un tanto... abstracto.

Durante mi primera etapa sabática en la Fundación Helene Wurlitzer, en el otoño de 2012, fui capaz de culminar en tres meses una novela con la que estaba atascado desde hacía cuatro años en Nueva York. Mi propia concepción del tiempo se volvió algo maleable, por no decir que se derritió por completo como un reloj de Dalí. Hacía maratones de escritura (10, 20, 30 horas) y dormía cuanto necesitaba para aguantar el siguiente tirón. Como consecuencia, perdí la noción de los días, del tiempo, de los hábitos (ya sea viviendo en ese punto zen del presente o a la deriva en eternidades creativas) y solo miraba el reloj para comprobar si la tienda local de comestibles estaba aún abierta.

Dennis Hopper en Taos, 1970; una bandera estadounidense en una puerta del Pueblo de Taos
Dennis Hopper en Taos, 1970; una bandera estadounidense en una puerta del Pueblo de Taos

Con la libertad de poder dormir a voluntad, me entregaba a mis sueños, prestándoles especial atención y plasmándolos en un papel cuando me despertaba, reconfortado por el hecho de saber que podía volver a dormirme si lo deseaba y podía despertarme de nuevo cuando quisiera. Trabajaba a partir de la idea algo Junguiana de que, en sueños, mi subconsciente me revelaría, en un lenguaje simbólico, las respuestas a las preguntas que me hacía en los ámbitos del trabajo y de la vida. Empecé entonces a formularme esas preguntas directamente: las escribía antes de irme a dormir y descubrí que, al menos unas cuantas veces, mis sueños respondían a esas cuestiones de forma sucinta, profunda, mediante un acertijo oracular quizás, pero con relevancia y elegancia.

JEl propio Jung visitó Taos en 1925 por invitación de la salonista y agente de arte Mabel Dodge Luhan, quien se había ocupado de presentar los grandes artistas y pensadores de su época a Taos, y viceversa. Este hecho parece haber tenido un efecto significativo en Jung, que llegó a considerar el lugar como una especie de Atlántida continental del que teníamos mucho que reaprender y, de hecho, siguió pensando y escribiendo sobre esta experiencia durante varias décadas después. “Empecé un periodo de meditación profunda”, escribió en Recuerdos, sueños, pensamientos en 1962, sobre sus conversaciones con el nativo Ochwiay Biano durante una Danza del Búfalo. “Pude hablar con él como pocas veces he podido hablar con un europeo... la nave flotaba libremente en profundos mares extraterrestres”. Jung estaba especialmente interesado por la cosmología y por las prácticas de los indios pueblo hablantes de la lengua tihua, cuyos pormenores permanecen, al igual que entonces, celosamente protegidos. Lo que sí descubrió y provocó que se replanteara todo lo que había pensado hasta entonces sobre el racionalismo occidental y la finalidad de la fe, es que, a través de sus rituales religiosos, la tribu pueblo creía que convocaba al sol y lo movía a través del cielo. Sus sueños y prácticas, por lo tanto, eran lo que originaba el mundo; su esfuerzo sostenía la vida y el cosmos; y su compromiso y su fe lo mantenían en movimiento.

Al conocer esto, mis sueños de autoayuda y mi humilde actividad de hacer garabatos, de pronto, parecieron tener un mérito mucho menor. Aún así, regresé el pasado septiembre para establecerme en una de las docenas de casitas de adobe esparcidas por la parcela de alfalfa de casi 0,4 km2 que conforman la fundación Wurlitzer para volver a soñar con un mundo y darle vida a través de mi trabajo: quería volver a escribir una novela. De nuevo, me sentí desconectado de los ritmos circadianos, el tiempo y la organización. Visité el terreno sagrado de la vieja casa de adobe construida por Luhan en 1917 para comulgar con los fantasmas de allí: D.H. Lawrence, Willa Cather, Ansel Adams, Georgia O’Keeffe y Carl Jung; todos los cuales acudieron a Taos a instancias de Luhan y se alojaron en la casa durante su primera visita a la población (una casa que Dennis Hopper bautizó más tarde como El Palacio de Barro. El director compró la propiedad a la nieta de Luhan en 1970 tras rodar Easy Rider, cuyas localizaciones se pueden encontrar, en gran parte, en las proximidades). Pregunte a cualquier habitante de Taos y le asegurará que los espíritus de aquella gente nunca se fueron.

Taos, a las faldas de la sierra de la Sangre de Cristo
Taos, a las faldas de la sierra de la Sangre de Cristo

De nuevo, ¿cómo pudieron, entonces? Las idas y venidas son procesos del tiempo lineal normal. El tiempo en Taos, como llegué a comprender a través de mi propia experiencia, nos aleja del lugar y crea una zona en penumbra de recurrencia, de vastedad. Taos es un remolino en el arroyo, un callejón sin salida en el tiempo que se encuentra en lo más alto del desierto, donde podemos olvidarnos de las obligaciones cotidianas. Taos es donde uno va a esconderse, a escapar, a recuperarse o a recrearse; donde los dioses de la creación se encargan de hacer el trabajo de los antiguos lugareños para que el sol mantenga su ritmo. Taos es donde acudí a poner en pausa mi actividad diaria para insuflar vida a un mundo de mi propia creación; lo que resultó ser algo que ocurre con frecuencia en el lugar. A veces me pregunto si alguna vez he vuelto de verdad.

Chris Wallace es un escritor y editor con sede en Nueva York.
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