El auténtico y atemporal Mundo de Ralph Lauren
noviembre 2025
RL/Cultura

Un lugar limpio y bien iluminado

En busca del recuerdo perfecto de Montana.
Por: David Coggins
Si amanezco en Montana, nunca tengo un mal día. Es como si en este hermoso paisaje bajo el cielo abierto siempre fuese a ocurrir algo bueno. Cuando era un pescador aficionado, solía conducir desde Nueva York hasta Montana en mi Saab (un coche que, aunque parezca increíble, cambié por una caña de pescar con mosca). Como mi obsesión era la pesca, no me importaba alojarme en moteles con el televisor encadenado a la pared. Una vez, me quedé pescando hasta tarde y pensé que podría alojarme en el primer lugar que encontrara en la carretera. Craso error, puesto que resultó que el hijo de Evel Knievel estaba realizando un espectáculo de acrobacias temerarias con su moto en la zona. Terminé alojándome en una habitación que encontraré detrás de un restaurante mexicano. Ese es un error que solo se comete una vez. Con el tiempo, uno va sumando años y deja atrás la vida de motel. Me enamoré de dos auténticas instituciones de Montana que capturan la grandeza del estado, pero también su excentricidad y su fuerte personalidad. Chico Hot Springs es un resort que se encuentra pasado el pequeño pueblo de Emigrant, en Paradise Valley, donde el río Yellowstone fluye junto a ranchos de ganado y montañas cubiertas de nieve. Aquí se encuentran algunos de los arroyos de manantial más famosos, donde se puede pescar durante todo el año. Es un hotel muy bien valorado, lo tiene todo para la mayoría de los huéspedes y casi siempre está lleno.
Chico Hot Springs ofrece la acogedora tranquilidad de una gran casa de campo. Durante el día puede que parezca un poco vacío, ya que todo el mundo está haciendo senderismo o en el agua. Parece que haya estado ahí toda la vida (abrió sus puertas en 1900). En el edificio principal hay habitaciones sencillas (las duchas están al final del pasillo). Yo prefiero las cabañas rústicas de madera, con unas pocas camas estrechas y ganchos para colgar las cosas en la pared, que es realmente todo lo que se necesita. Me recuerda a otros alojamientos de pesca y a la cabaña de mi familia en Wisconsin. El salón es oscuro, pero agradable; es un lugar donde uno prefiere tomarse una simple cerveza a un martini preparado con maestría. Allí conocí a gente con la que empecé hablando de pesca y terminé, pasada la medianoche, bebiendo de la misma petaca. Las aguas termales se disfrutan mejor cuando bajan las temperaturas y uno se relaja en el agua y se olvida de la trucha que no logró pescar ese día a medida que el aire se va enfriando. Hay una ventana a través de la que se pueden pedir bebidas sin tener que volver a entrar, y suele haber cola, lo que da una idea del ambiente festivo que se respira. En Chico Hot Springs, todo el mundo está de buen humor y siente que está en el lugar correcto.
Me senté bajo las estrellas y escuché el fluir del arroyo Rock Creek en la oscuridad.
Cuando uno se enamora de un destino, lo más natural es querer disfrutar de la experiencia más exquisita. Eso me llevó a tomar la carretera y seguir cuesta arriba hasta The Ranch at Rock Creek, uno de los mejores hoteles del mundo. Nada más aparcar el coche ante el elegante edificio principal, uno sabe que ha llegado a su destino. Los terrenos del hotel se extienden a ambos lados del acogedor arroyo Rock Creek a lo largo de unas 2700 hectáreas. La primera vez que fui, solo estaba allí para pescar (tuve la suerte de coincidir con la famosa eclosión de la mosca para la pesca del salmón). Pero no me podía creer lo bien que me recibieron. El vestíbulo es la habitación de mis sueños, con una chimenea de piedra, una barra de madera oscura y sofás de cuero cubiertos con telas. Me acomodé con una copa de Riesling bien frío y una bandeja de lo que parecían galletas de chocolate calientes (¿con sal marina?) preparada para los invitados. Me alojé en una auténtica tienda de campaña de lona con suelo de madera; se podría decir que era un alojamiento rústico con clase. Tenía mi propio jacuzzi y me sentaba bajo las estrellas a escuchar el fluir del arroyo Rock Creek en la oscuridad. No me podía creer lo afortunado que era.
El Ranch at Rock Creek tiene todo lo que podría esperarse de un hotel de lujo: spa, piscina revestida de piedra y jacuzzi. Y, por supuesto, una espectacular bolera. La sala está ambientada con imágenes de vaqueros colgadas sobre las pistas. Es un lugar donde se empieza a jugar a los bolos con amigos y se termina hablando con desconocidos (la barra libre ayuda). Es todo pura diversión. Todavía le debo 20 dólares a un hombre de Dakota del Norte por la partida que él y su esposa nos ganaron a su suegra y a mí. Intenté pagarle, pero declinó cortésmente (casualmente, iba vestido de los pies a la cabeza con ropa de Ralph Lauren).
Pero lo que atrae a la gente al rancho no es la bolera sino la equitación. Yo personalmente no paso mucho tiempo montando a caballo. Pero los caballos son tan bonitos que intento verlos cada mañana cuando corren por el campo hasta llegar a la pista de madera. Luego me dirijo al impresionante cuarto de aperos y me maravillo con todas las sillas de montar de piel que cuelgan de la pared. Un año, almorzamos en una mesa muy larga colocada a lo largo del puente de madera que cruzaba el arroyo. Había violinistas en un extremo y jarrones con flores silvestres por todas partes. De repente, la banda empezó a tocar el cumpleaños feliz al chef, que apareció de la nada en bicicleta y, en el momento justo, cruzó el puente y sopló una vela de un pastel que acababa de llegar. ¿Qué más se puede decir de un lugar así? Montana es un lugar donde los acontecimientos diarios adquieren una escala que parece mayor que en cualquier otro sitio. Por eso, irse resulta agridulce y regresar, emocionante.

DAVID COGGINS es el autor de The Believer: A Year in the Fly Fishing Life y el best seller de The New York Times Men and Style. También escribe un boletín informativo titulado The Contender.