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Surcando el cielo

En la escuela de aviación de hidroaviones más antigua del mundo, situada en el famoso lago de Como de Italia, el único límite es el cielo

Es una tarde soleada de finales de julio en el legendario lago de Como. Mientras las pequeñas olas rompen en la orilla y un barco de recreo Riva de madera surca el agua, la ciudad celebra la llegada de su residente favorito, George Clooney, que llegó ayer a su casa de Laglio. A lo lejos se oye un leve zumbido, que se vuelve más intenso conforme el hidroavión recorre el horizonte. Aunque pesa más de una tonelada, planea grácilmente hasta posarse en el agua y se desliza hacia su hogar, un curtido hangar con las siguientes palabras: AERO CLUB COMO. Un empleado fija un largo palo de madera con un gancho en el extremo a uno de los puntales del ala del avión y guía al impresionante aparato hasta su lugar de atraque. Un banco de piscardos se escabulle rápidamente. 

Persecuciones aéreas como esta se ven en el Aero Club Como todos los días. El hangar y la terraza, desde la que las nerviosas parejas suelen ver a los pilotos surcar los cielos, se encuentran a los pies del lago y se extienden a lo largo de un pequeño complejo que comparten con el Yacht Club Como y con la Società Canottieri Lario «G. Sinigaglia» de remo. Juntos, sus miembros conforman una amistosa comunidad de personas que disfrutan de todo cuanto acontece en este idílico escondite. Sin embargo, debido a su larga historia de vuelo sobre el lago, nadie acapara más la atención que los pilotos que frecuentan el aeroclub. 

Los hidroaviones captaron el interés de la ciudad por primera vez en 1913, año en que se celebraron las carreras de hidroaviones «Gran Premio dei Laghi» y que ganó la leyenda del tenis y piloto de carreras Roland Garros. En 1930, el aeroclub Como abrió sus puertas y se convirtió en el hogar de los amantes de los hidroaviones locales. Desde entonces, hace 91 años, ha permanecido activo. Hoy en día, los miembros del club son pilotos procedentes de todo el mundo, y los 13 aviones que pertenecen al club pueden tomarse en préstamo como si fueran libros de la biblioteca. Entre ellos se encuentra el Piper PA-18 Super Cub de 1966, que exhibe un llamativo tono amarillo surcado por un rayo negro en un lateral, y un moderno Cessna Skyhawk, compañero inseparable para los pilotos en formación.

Por su parte, el vicepresidente del club, Cesare Baj, suele llevar un 305A Bird Dog de camuflaje de alrededor de 1950, una aeronave que usó Estados Unidos por primera vez durante la Segunda Guerra Mundial. Es originario del lago de Como y comenzó a volar a los 19 años. «Un día, entré en el hangar que veía cuando paseaba en bicicleta y les pregunté qué hacían allí, para qué servía un hidroavión», recuerda. «En seguida me instruyeron, empecé a volar y no he parado desde entonces». A sus 71 años, disfruta saliendo cada día en vuelo. «Los aviones tradicionales te llevan al peor sitio del mundo, que es el aeropuerto, pero cuando vuelas sobre el agua estás en uno de los mejores lugares del planeta», explica. «Vamos a Córcega, Cerdeña o a las islas griegas y, cuando hace mucho calor, aterrizamos y saltamos al agua desde las alas.» 

Dentro del hangar, hay un intenso olor a aceite de motor y un semicírculo de sillas de plástico orientadas hacia la costa para poder contemplar las preciosas vistas. El suelo de hormigón está lleno de salpicaduras del agua del lago y, en la clase donde aprenden las bases del vuelo en hidroavión los nuevos pilotos, hay colgado un viejo retrato del piloto italiano Giuseppe Ghislanzoni. Aquí, incluso los pilotos acreditados necesitan completar un entrenamiento de cinco días antes de entrar en la cabina de mando de la aeronave. Pilotar un hidroavión puede ser todo un reto para los pilotos debido al viento inesperado que procede de los Alpes, cambiante y veloz, y a las inestables aguas.

«Es absolutamente extraordinario», dijo entre lágrimas uno de los pilotos comerciales que venía desde Roma tras su vuelo. «Es como si hubiera vuelto a la infancia.» En efecto, ver el lago de Como desde el cielo provoca un profundo sentimiento de pura alegría que nos devuelve a la niñez. Los más de 150 kilómetros de orilla cuentan con palazzos privados y grandes hoteles con pistas de tenis y cerúleas piscinas que se ubican a lo largo de calzadas estrechas y serpenteantes que a veces se cubren de bosques de cipreses. Estos se funden con las brillantes laderas de las montañas, que ofrecen un gran panorama del cielo abierto desde sus cimas. 

Es un sentimiento que todos los aficionados a la aviación conocen bien, incluso Francesco Cereda y Gabriele Ermecini, dos instructores del club que, además de acumular 26 700 horas de vuelo, también son conocidos por sus métodos de enseñanza poco ortodoxos (como vendar los ojos a los pilotos en el examen final del periodo de entrenamiento). «Siempre digo que la relación más larga que he tenido es con el vuelo, porque cuando empecé, dije que sería temporal, pero me enamoré perdidamente», afirma Ermecini. «Cuando me alejo de los aviones, del agua o del cielo, siento que me falta algo. En el aire me siento como en casa, es parte de mí.» 

Zachary Weiss es escritor y reside en Nueva York. Sus trabajos se han publicado en los sitios web de Vogue, British GQ, Architectural Digest y Travel + Leisure.
  • Imágenes cortesía de Chase Winfrey