El tejido con más carisma
¿El Padrino I o El padrino II? ¿John o Paul? ¿Vino tinto o blanco? ¿Sampras o Federer? ¿Mostaza o mayonesa? La pana también divide a la población en cuestión de gustosHay cosas que gustan, independientemente de que estén o no de moda. Para mí, una de ellas es la pana. La he usado durante tanto tiempo y en tantas temporadas que ni siquiera puedo recordar la primera vez que lo hice. Aunque le puedo asegurar que fue mucho antes de los 16 años, cuando me enamoré de los sofás de pana ancha de color azul oscuro de un vecino y me dije que, el día que yo tuviera mi propia casa, tendría unos iguales.
La pana, como me enseñó ese encuentro en particular, es un tejido de una versatilidad notable. Este tejido, que según la versión que se prefiera nació en las cortes reales de Francia (no deja de ser un terciopelo rugoso) o entre los campesinos más humildes de Inglaterra (según la variedad, puede ser extremadamente duradero), puede elevarse hasta el nivel de una chaqueta de esmoquin, aportar un toque de intelectualidad a un blazer, dar un espíritu erudito a un traje, llenar unos pantalones informales de elegancia distendida o convertir cualquier mueble en una pieza de coleccionismo. Tanto si es una pana ancha o estrecha o micropana, como si es rígida como la tela vaquera o suave como la cachemira, es un tejido carismático como ninguno.
A diferencia de cualquiera de sus parientes, como la lana o el lino, la pana es una de esas cosas que requiere un compromiso total; no basta con intentarlo. Cuando se habla de pana, no valen las medias tintas: es una elección clara, como El Padrino I o El padrino II, John o Paul, vino tinto o blanco, Sampras o Federer, Patek o Rolex, mostaza o mayonesa. Hay quien es una persona de pana y quien no lo es, y en el primero de los casos, una sola prenda nunca será suficiente.
Seamos positivos y veamos quién ha sido y es de ese tipo: Robert Redford con un traje de pana ancha tostado en Todos los hombres del presidente; Donald Sutherland con un traje de pana marrón en Desmadre a la americana; Gianni Agnelli con pantalón de pana verde oliva en su finca, Villar Perosa; Wes Anderson en varios tonos extravagantes dentro y fuera del set; y, el miembro más reciente de este distinguido club, Daniel Craig en el papel de James Bond, quien, en Sin tiempo para morir, sufre la explosión de una bomba en la carretera, una brutal persecución en motocicleta y la destrucción total de su DB5 y su relación romántica con Madeleine Swann con un traje de pana de tres botones en un tono claro que se pone pensando que solo ha salido a desayunar. Al final de esa secuencia de acción, la pana, con su personalidad auténtica, su calidez y textura, su fuerza y compostura, y la elegancia que no pierde a pesar de estar bajo un fuego intenso, está muy cerca de robarle por completo la escena al protagonista. Para mí, ese traje está a la altura de cualquier otro tejido especial que haya llevado el espía, incluido el traje de rizo de algodón azul celeste que llevó Sean Connery en James Bond contra Goldfinger.
Esto se debe a que, como sugiere la historia, la pana es eterna. ¿Qué otro look tan icónico puede presumir de darle la vuelta al estereotipo que representa? Porque si pensamos en cine, muchos podrían haber relacionado la pana con el eterno traje marrón oscuro de Alvy Singer en Annie Hall: un personaje humorístico con gruesas gafas de pasta mucho menos cargado de testosterona. Y si cogemos esa tela en un tono parecido, aunque ligeramente tostado bajo el sol del mediterráneo hasta alcanzar el caqui, y la colocamos sobre un hombre con permiso para matar, vemos que está preparada para adaptarse a cualquier percha. Ese es quizás el mejor de los rasgos de la pana: le da la fuerza de la verdadera individualidad, sin importar lo que realmente haga para ganarse la vida.
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