Todos a cubierta
Dominar el arte de construir y restaurar barcos clásicos en la Escuela Internacional de Restauración de Veleros de Newport, Rhode Island (EE. UU.)Hay un viejo dicho que se escucha con frecuencia en los muelles: «Los dos días más felices de la vida del dueño de un barco son el día que lo compra y el día que lo vende». Y es que hasta el navío más pequeño exige un mantenimiento constante y puede tener un temperamento caprichoso, que puede acabar con la paciencia de cualquiera. Aunque este no es el caso de un selecto grupo de estudiantes y profesores de Newport, Rhode Island (EE. UU.). La International Yatch Restoration School se extiende a lo largo de 1,2 hectáreas frente al muelle, a solo unos pasos de un animado puerto deportivo, y es aquí donde se da una nueva vida hasta a los barcos más azotados por las inclemencias del tiempo.
El centro, que se fundó en 1993, por el artista especializado en náutica John Mecray y la filántropa Elizabeth Meyer, tenía como objetivo impartir un estricto plan de estudios sobre los veleros de madera. A lo largo de sus 30 años de existencia, el modesto cuerpo estudiantil (una mezcla de graduados de instituto y universitarios, además de personas interesadas en dar un nuevo rumbo a su vida profesional) ha crecido hasta incluir a personas que quieren ir introduciéndose en este sector con la esperanza de aplicar sus habilidades a otras formas de expresión artística, que abarcan desde el modelado digital a complejos sistemas eléctricos.
El grupo está compuesto por un máximo de 70 artesanos y artesanas por semestre, que participan en un programa de dos años en el que la destreza técnica y una pasión innata por el trabajo manual exigente son requisitos imprescindibles. En el amplio espacio de taller, un día cualquiera, los rayos de sol se entreveran con virutas de madera, y el golpeteo de los martillos resuena bajo los elevados techos del edificio, que sigue intacto desde que se usó como fábrica de vapor de Newport a mediados del siglo XIX. Warren Barker, el instructor principal del centro, un veterano con 20 años de experiencia a sus espaldas, guía a sus aprendices en sus proyectos de segundo año.
«Lo que más me gusta de los barcos es que, al principio, empezamos a trabajar en ellos del revés, y parece que estuviéramos trabajando en una escultura», reflexiona. El amor de Barker por los barcos comenzó muy pronto, cuando construyó con sus padres su propio navío. Treinta y ocho años después, este nativo de Maine, curtido en la elaboración de muebles, la construcción y, por supuesto, la creación de barcos personalizados, no ha perdido un ápice de su fascinación.
«Al darles la vuelta, los barcos se transforman en una pieza de mobiliario maravillosa, y lo mejor de todo es que puedes lanzar ese mueble al agua», añade. «Adquiere una vida totalmente distinta y un carácter visual que siempre he pensado que era fabuloso. Siempre les digo a los alumnos que, si consiguen terminar la tarea, podrán caminar sobre las aguas.»
Melissa Conlon, exdirectora de arte cinematográfico, ha pasado también por la escuela. Al igual que sus compañeros de clase, Conlon, nativa de Rhode Island, se refiere cariñosamente a los barcos como si estuviera admirando un espíritu femenino de los océanos, y tras pasar unos años en distintas goletas, esta visión se ha intensificado en su imaginario. «Me encanta subir a la arboladura, solucionar desperfectos y volver a poner en servicio un navío. Es como un ser vivo que cuida de quienes lo cuidamos», explica con un lenguaje salpicado de términos marineros. «No tardé mucho en querer saber más sobre su construcción: los sistemas y el resto de "órganos" del barco.»
Una vez que el romanticismo de una imponente proa o una vela ondulante se desvanece, es hora de ponerse las gafas de protección y desmontar un barco para revelar las cuadernas de roble de su casco, un elemento tan frágil y a la vez tan esencial que suele equipararse con una cavidad torácica. Los equipos trabajan en grupos de tres a cinco personas durante ocho horas al día, cinco días a la semana, en una embarcación dañada (con frecuencia donada por un residente cercano) y la hacen resurgir de sus cenizas. Durante el tiempo que pasó en la escuela, «mi equipo empezó con un Beetle Cat que estaba revestido de fibra de vidrio. Suponemos que se reparó con hierro que terminó oxidándose» recuerda Conlon. «Lo desmontamos por completo, preservamos lo que pudimos de los componentes estructurales para usarlos como referencia y eliminamos con ayuda de escoplo y formón toda la fibra de vidrio para dejar a la vista la tablazón.»
Como fabricante de barcos experimentado, Barker ve en los ejemplares más destartalados una oportunidad para realzar el trabajo artesanal. «Cuanto peor están, mejor para nosotros», explica. «Nos interesa que estén realmente en las últimas, porque cuando los reconstruimos por completo es cuando más aprendemos y nos permiten descubrir cómo se construyeron inicialmente. ¿Quiénes lo construyeron? ¿Qué idea tenían en mente?»
El proceso de restaurar un barco puede resultar exasperante, pero los resultados son realmente gratificantes. A lo largo de los años, la escuela ha trabajado en todo tipo de barcos, desde un precioso velero Ruweida V clase "R" diseñado por el venerado Starling Burgess en el año 1926 a un velero Corsair de J.P. Morgan, construido en 1891 y con una eslora de 83 metros.
"Siempre hay que tener en cuenta el contexto», explica Conlon. «Aunque estés trabajando solo en una parte del barco, haces avanzar a todo el equipo. No hay dos días iguales, pero hay algo que nunca cambia: la necesidad de darle vueltas a la cabeza para conseguir que la madera haga lo que tú quieres que haga.»
El momento de la verdad llega cada mes de junio en el día anual de la botadura, que coincide con la ceremonia de graduación de la escuela. Después de muchos turnos en el taller hasta bien entrada la noche y muchos cambios de última hora, es un día importante en el calendario académico, en el que amigos, familiares y curiosos de la zona se acercan para ver si los nuevos barcos están listos para surcar los mares en busca de nuevas aventuras.
- FOTOGRAFÍAS DE READ MCKENDREE



