Pintando la velocidad
Los mejores carteles del Gran Premio logran congelar un coche de carreras en movimiento. Pocos artistas lo han hecho mejor que ellos y, aunque los precios de sus obras siguen elevándose, estos carteles siguen teniendo compradoresSi hay una palabra que define los deportes de motor es el movimiento: la imagen borrosa de un automóvil de gran potencia pasando a toda velocidad, los aficionados poniéndose en pie y animando a sus favoritos, una bandera a cuadros ondeando en la distancia...
Y, sin embargo, la forma de arte que mejor capta las primeras carreras del Gran Premio de Fórmula 1 es un boceto, un dibujo que congela un momento en el tiempo; una imagen estática que evoca el movimiento. Esta forma de arte dio lugar a los primeros carteles publicitarios: ilustraciones realizadas para promocionar acontecimientos automovilísticos, con un número de impresiones reducido. Destacan especialmente as firmadas por dos artistas: Robert Falcucci y Géo Ham. Puede que sus nombres no sean muy conocidos fuera de los círculos de coleccionistas, pero los mejores ejemplos de su obra no han dejado de adquirir popularidad y revalorizarse. E incluso se han subastado en Christie's y Sotheby's. En 2020, se vendió por 11 500 dólares un cartel de 1938 de Ham correspondiente a un evento del Automobile Club de France disputado en Reims, lo que superó con creces su precio previsto y le otorgó el primer puesto en la subasta Original Racing Posters de Sotheby's. Ese mismo año, se vendió por 18 000 dólares en Swann Galleries otro cartel del Gran Premio, a pesar de tener algunos pequeños desperfectos y pliegues. Se trataba del cartel correspondiente al primer Gran Premio de Suiza que se celebró en 1934, creado por Ernst Graf, un artista relativamente desconocido cuya obra, fuera del ámbito publicitario, se parecía poco al futurismo de los carteles de carreras.
De arriba a abajo y en el sentido de las agujas del reloj: George Hamel, que firmaba sus obras como Géo Ham; Saul Bass, el diseñador gráfico famoso por las secuencias de los títulos de crédito de películas, entre otras, las de las primeras películas de Bond; y Roberto Falcucci, que creó un estilo art déco de gran expresividad.
Por supuesto, como ocurre con cualquier artículo coleccionado por una multitud entusiasta de apasionados, estos carteles tienen algo que los hace únicos. Como la mayoría de las grandes obras de arte, los carteles de los Grandes Premios son producto de la escasez. Los del periodo art déco, entre 1930 y 1950, son especialmente exclusivos. A ello se añade el atractivo del mundo de las carreras y el estilo, el privilegio, la aventura y los lugares exóticos relacionados con este deporte. (No es casualidad que en algunos de los carteles del Gran Premio aparezcan símbolos de opulencia como yates, veleros y grandes mansiones). Quien puede permitirse colgar un trofeo así en la pared evoca el éxito por haber conseguido tal pieza y denota el poder seductor del buen gusto.
El aumento del interés y del valor de esta forma poco común de recuerdos va de la mano del propio deporte. El 14 de abril de 1929, Mónaco acogió el séptimo Gran Premio de la historia, que rápidamente se convirtió en la carrera más popular del circuito. Al año siguiente, el ilustrador francés Robert Falcucci, que había estudiado en la École des Arts Décoratifs y había creado anuncios para Renault, empezó a producir carteles para el acontecimiento, lo que dio lugar a un estilo art déco muy expresivo que aún hoy se asocia con este género. Nicolette Tomkinson, de Tomkinson Churcher, una consultora de arte londinense especializada en carteles vintage, cita el tercer cartel de Mónaco de Falcucci como digno de mención por su escena «llena de acción». «En un magistral despliegue de tonos pastel, el autor refleja el contraste entre las tranquilas y soleadas laderas de la Costa Azul con la velocidad de dos pilotos de carreras», explica Tomkinson. La emoción, el peligro: dos coches que sobrevuelan la escarpada orilla del Mediterráneo,como si fuesen a salirse del cartel.
De izquierda a derecha: Ham representa la batalla entre un Auto Union GL y un Alfa Romeo; Bass elige la abstracción en lugar del art déco para el cartel de la película "Grand Prix"; Falcucci captura un duelo entre el día y la noche.
Carteles de la época art déco cortesía de Tomkinson Churcher.
En 1933, el Gran Premio de Mónaco recurrió a Georges Hamel, más conocido como Géo Ham, y considerado actualmente el cartelista automovilístico con más talento de su época. Su obra se reconoce por un elemento característico: un pañuelo de piloto ondeando al viento, una forma sutil de sugerir movimiento en una imagen estática. Hamel, otro francés formado en la École des Arts Décoratifs y veterano creador de imágenes para la industria automovilística y aeronáutica, utilizó con ingenio las palmeras de Mónaco. Los seis carteles que creó para la carrera de Mónaco entre 1933 y 1948 se consideran los más bonitos y los más exclusivos.
Los que pintó en 1935 y 1936 son especialmente codiciados por los coleccionistas. El primero representa al "Silver Arrow", un Mercedes W25 que debe su apodo a su exterior metálico sin pulir, ya que –se dice que– la pintura blanca original del coche se quitó para que el vehículo alcanzara el límite de peso exigido. (Detrás, el Alfa Romeo que le pisa los talones presagiaba el resultado final).
El segundo cartel capta la batalla entre un Auto Union GL alemán (el primer coche de carreras con motor trasero) y un Alfa Romeo rojo brillante en una curva cerrada, con yates y cruceros como telón de fondo. Resulta difícil encontrar un entorno más idílico para una escena que desprende tanta acción. (Como curiosidad, un precursor del Alfa Romeo, el Monza 8C 2300 de 1931, que ganó un Gran Premio en 1932, forma ahora parte de la colección personal de Ralph Lauren).
Los posteriores cartelistas del Gran Premio mantuvieron el estilo iniciado por estos pioneros. El cartel del Gran Premio de Mónaco de 1963, obra de Michel Beligond, un artista francés y diseñador de automóviles Renault, parece un homenaje al cartel de Falcucci de 1930, con un piloto rojo en primer plano, la silueta de un coche azul que le persigue, el mar a la derecha y un paisaje urbano a la izquierda. (En su cartel para el Gran Premio de Francia de 1966, se añade un guiño a los requisitos de patrocinio de mediados del siglo XX: un paquete de cigarrillos). En 1970, Michael Turner pintó una impresionante escena de dos coches que parecen competir con un velero.
Este afán de influencia persistió incluso a la hora de crear el cartel de la película Grand Prix de 1966, protagonizada por James Garner y con el actor japonés Toshiro Mifune en un papel secundario. El diseño, obra del legendario Saul Bass (conocido por los títulos de crédito de James Bond), imita cuidadosamente el movimiento y el estilo de los carteles originales, con un coche de carreras difuminado en primer plano. El ejemplar personal de Bass de este cartel también tiene un buen precio, está a la venta por más de 7500 dólares en 1stDibs.
Durante los años 80, sin embargo, en un esfuerzo por ser modernos, los carteles se volvieron sobrios y repetitivos. La prioridad pasó a ser poder ubicar el logotipo de Marlboro en un lugar destacado de la composición. Mientras tanto, las obras de arte anteriores empezaron a convertirse en objetos preciados para un tipo particular de aficionados a las carreras. A finales de los 70, Paul Newman y el célebre piloto René Dreyfus, entre otras caras conocidas, participaban con frecuencia en la Auto Art Exhibition, una exposición anual celebrada en Lakeville (Connecticut), donde se vendían carteles junto a esculturas, fotografías y otro tipo de recuerdos exclusivos inspirados en las carreras. Poco a poco, empezaron a proliferar los escépticos. En 1979, uno de los organizadores reconocía a The New York Times que «el arte automovilístico aún no está completamente aceptado como ámbito artístico», aunque luego lo desmintió rotundamente. «No hace falta ser un apasionado de los coches para apreciar este espectáculo. Lo importantes es saber apreciar el arte». Si el precio de estas obras sigue subiendo como la espuma es, en parte, debido a la creciente aceptación de esta afirmación.
Escenas de la película Grand Prix, protagonizada por James Garner, Toshiro Mifune y Françoise Hardy, entre otros. La película ganó tres Oscars en 1966.
Michael Turner enfrenta dos pilotos a un velero con una saturación suave típica de la década de los setenta.
Por otra parte, se sigue manteniendo la tradición de los carteles de carreras, y es otro de los aspectos que despiertan tanto interés en la historia de este género, especialmente en las obras que pretenden ser algo más que meras ilustraciones. No hay más que ver los recientes trabajos encargados para las carreras de Fórmula 1 de Miami y Austin para darse cuenta rápidamente de la diferencia entre un Falcucci o un Ham y estas imitaciones retro, que no son más que un recuerdo de lo que fueron.
Algunos consejos para quienes puedan estar interesados en coleccionar: para empezar, hay que buscar más allá de Sotheby's y Christie's. La casa de subastas escocesa Lyon & Turnbull, en colaboración con Tomkinson Churcher, ofrecerá una selección de carteles de Le Mans en una próxima subasta el 25 de octubre. No se trata de un Gran Premio, pero sí que guarda cierta relación, y se espera que los precios sean atractivos, en torno a los 1000 dólares. También está Poster Auctions International de Rennert's Gallery, una casa de subastas con sede en Nueva York dedicada a los carteles vintage. Mientras escribo estas líneas, se puede encontrar un Géo Ham del segundo Gran Premio de París (más una explosión de color que de acción) por 1700 dólares. Como en cualquier búsqueda del tesoro, la fortuna favorece a los más osados (y a quienes hacen clic más rápido). Es probable que ya se haya vendido.
Quienes simplemente deseen profundizar un poco más sobre este tema, pueden intentar hacerse con Grand Prix Automobile de Monaco Posters: The Complete Collection, un libro de 2010 escrito por el célebre coleccionista William W. Crouse. El libro ya no se edita, pero puede adquirirse hoy por 1600 dólares a través de un vendedor externo en Amazon.
Aún más misterioso (y digno de mención para quienes se dedican a ello durante mucho tiempo) es lo que ocurrió con la colección de Jacques Grelley, un antiguo piloto de carreras francés que presenció el Día D de niño y acabó instalándose en Arlington, Texas, como distribuidor de vinos. Apodado "El príncipe de los carteles" por Autoweek, Grelley reunió la mayor colección de carteles de carreras del mundo (unos 3200, sobre todo de los primeros Grandes Premios) antes de fallecer en 2014 a los 78 años. Aún se desconoce qué fue de su colección. Grelley no tuvo descendencia, pero parece que vendió algunos de sus recuerdos a través de Racing Posters, actualmente inactivo. Puede que el coleccionista ya no esté, pero la obra, al parecer, sigue viva.
MÁS INFORMACIÓN SOBRE LA GACETA DE POLO
Recio pero elegante
El arte de unir lo inesperado y el eterno presente cobran vida este otoño en la colección Polo Originals, inspirada en la época dorada del Gran Premio de automovilismo
By Jay Fielden



