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Cómo los Great Camps de las montañas de Adirondack transformaron la idea del ocio veraniego
En 1903, el editor de la revista Town & Country, mientras trabajaba desde la región de Adirondack (una extensión de lagos, montañas y bosques en crecimiento), en el norte del estado de Nueva York, percibió un cambio bien acogido en la forma que tenía la élite de la Costa Este de Estados Unidos de pasar el tiempo libre en verano. William Frederick Dix escribió que, a diferencia de los grandes hoteles de antaño, ahora se buscaba “una idea más auténtica del descanso veraniego” centrada en el senderismo, la pesca, el remo, el tenis, cantar alrededor de una fogata y no en vestirse de gala para cenar.
También era una experiencia anclada en la arquitectura, pues todo giraba en torno a un nuevo tipo de casa veraniega: los Great Camps de Adirondack, un modelo de rusticidad elegante cuya aparición en el último cuarto del siglo XIX se atribuye en gran parte a los esfuerzos de un hombre: William West Durant.
Nacido en Brooklyn, Nueva York, y formado en Europa, Durant había viajado tanto como cualquier joven miembro de la élite de la Edad Dorada de Estados Unidos. Sin embargo, no era un pionero de estos lares: pisó por primera vez los Adirondack en 1876 con 25 años. Había ciertos intereses por parte de la industria maderera y minera y algunas granjas dispersas, pero la mayoría de los potenciales pobladores habían ignorado esta región y optaron por el Oeste, que estaba en auge. Fue hace poco cuando los poderosos influyentes vieron una oportunidad (novedosa, por cierto) en North Woods, Nueva York.
Entre ellos estaba el padre de Durant, un magnate del ferrocarril que acababa de extender el servicio de trenes desde Saratoga hasta North Creek. Fue el primero de los pasos que se tomaron para que la región se abriese y, durante este proceso, se creó un tipo diferente de zonas verdes de las miles y miles de hectáreas de bosque que el padre de Durant atesoraba allí. Con el objetivo de encontrar ayuda en este proyecto, le pidió a su hijo que regresase de su lujosa estancia en Egipto.
El joven Durant rebosaba de energía, tenía habilidades sociales y una sensibilidad cosmopolita en el diseño, aunque careciera de estudios formales de arquitectura. Su primera tarea fue ayudar a hacer accesibles las orillas del lago Raquette a través de una combinación de trenes, barcos y carretas de caballos. Entonces, Durant puso la primera piedra del edificio que afianzaría su legado. Pine Knot, como se denominó, era una mezcla poco armoniosa entre un chalé suizo y un conjunto de troncos. Su creador empleó decenas de trabajadores cualificados para construirlo, e incluso enviaba leñadores al bosque para obtener la madera con la veta o la textura correctas, tarea que les llevaba varios días.
Las numerosas estructuras del campamento, incluidas las que Durant construyó en el pueblo para dar cobijo a consejeros, herreros, carpinteros, lavanderas y otros trabajadores, habían sido construidas con piedra, abetos y cedros de la zona. Los muebles de las habitaciones de los huéspedes estaban hechos a mano de materiales que se habían encontrado en ese lugar, como ramas arqueadas de árboles e incluso ramas pequeñas. Los artesanos de Durant eran capaces de unirlas para conseguir un efecto ornamental. Había tocones de árboles plantados con helechos y flores alineados junto a los despejados caminos, y los visitantes volvían a sus cabañas después del anochecer bañados en el resplandor de los faroles de queroseno.
Durant creó un “edificio anexo flotante” en forma de balsa y habilitó una casa bote que podía llevarse a cualquier rincón del lago. Cambió los conductos de estufa de metal por chimeneas de piedra, pero conservó las tiendas a rayas de la zona como una novedad, una opción para acampadas de lujo avant la lettre. En la eminente guía de viajes de Adirondack de 1888 se le describió como “el campamento pionero de esta zona y uno de los más artísticos del bosque”.
Todas estas novedades tuvieron lugar paulatinamente, por lo que Pine Knot siempre cambiaba de un verano a otro. Ese enfoque imaginativo y orgánico es un elemento que caracteriza el estilo de Adirondack, de acuerdo con la diseñadora de interiores residente en Manhattan, Celerie Kemble, quien cita como ejemplo a Treetops, el campamento de su madre cerca de Keene. De acuerdo con Kemble, lo que empezó como un simple cobertizo alrededor de una hoguera familiar “se convirtió en una pequeña y curiosa casa de dos plantas con interiores de abedul y su propio porche, hastiales y sofás cama colgantes”. “Una vez empiezas a entrelazar las ramas, parece que crecen por sí solas. Sacas de la tierra bloques de piedra y los incorporas... Hay que deambular, amar la extravagancia que añade la naturaleza al proyecto, en lugar de limitarse a apisonar el terreno y construir”.
Sin embargo, sobre todo al principio, no había nada de laissez-faire en las estancias. A Durant le costó bastantes dolores de cabeza que los visitantes de su ciudad estuvieran cómodos. Contrató a trabajadores para que rompieran kilómetros de hielo en el lago para preparar la llegada de su madre en primavera y utilizó madera, un material más caro que el carbón, para calentar las locomotoras de la compañía ferroviaria Adirondack y que el aire fuera más agradable para los pasajeros. El menú del Pine Knot se beneficiaba de los gustos cosmopolitas de Durant en la comida; el inventario de la cocina incluía ocho decantadores de jerez y un sable para el champán.
Pine Knot sirvió como la sede central familiar, aunque también como la pieza estrella. Durant, según se dice, era un dotado experto en relaciones sociales, un “anfitrión pionero del medio rural” (en palabras de un historiador) que vertió encanto tanto en señoritas como en amistades pudientes. En 1885, el año en el que murió el padre de Durant tras dejar a su único hijo una pequeña fortuna, muchos de estos amigos y contactos estaban tan encantados con su ideal de un “precioso campamento” que invertían en crear sus propias imitaciones en la zona. También surgieron hoteles junto al lago al estilo de los exclusivos complejos de Saratoga Springs y Newport.
La construcción de dos nuevos Great Camps, en los que se utilizaron muebles rústicos de forma selectiva para causar una mayor impresión y se redujo el uso de corteza de árboles, que tendía a desprenderse, despegarse y atraer a los escarabajos, llevó a Durant a graves problemas financieros a finales de siglo. Los años de derroches en proyectos fallidos de los Adirondack y su yate estrella de 58 metros le pasaron factura. Perdió la línea de transportes del lago Raquette con su embarcación y su magnífico motor de tren y después de trabajar durante un breve periodo de tiempo como gerente de un hotel en la región, lo dejó para emprender una cadena de proyectos fallidos (en su mayoría) en otros lugares.
Mientras tanto, el estilo en el que había participado con tanto entusiasmo en su nacimiento evolucionó y prosperó; y no solo en Sagamore, que vendió a Alfred G. Vanderbilt en 1901. William Coulter y otros arquitectos profesionales que llegaron a dominar la zona de los Adirondack intentaron superarse entre sí con cabañas espectaculares. Los escritores de viajes elogiaron la decoración ecléctica de los Great Camps (alfombras exóticas, cabezas de animales disecados y lámparas japonesas) y los lectores de revistas de clase media empezaron a codiciarlos como nunca antes.
Cuando Durant (ni pobre ni rico y felizmente casado de nuevo) murió en 1934, la Gran Depresión había provocado que los Great Camps estuvieran a un nivel inferior. “La mayoría de ellos pasaron a ser edificios vetustos tras la Segunda Guerra Mundial y se veían como algo indeseable y un tanto anticuados”, dice Steven Engelhart, director ejecutivo de Patrimonio Arquitectónico de Adirondack, una organización sin ánimo de lucro para la conservación y la formación. El modernismo hizo furor. Sin embargo, pocas de las tradicionales familias conservaban sus propiedades ancestrales en buen estado, otras se demolieron o quedaron abandonadas por propietarios con problemas económicos.
A pesar de ello, en general, los últimos 50 años han sido buenos para los Great Camps. Harlan Crow (un promotor inmobiliario tejano) y su mujer, Kathy, mantuvieron con cariño Topridge, donde Marjorie Merriweather Post, heredera de una importante empresa de alimentación, se entretuvo con gran elegancia durante gran parte del siglo XX. Sagamore es un monumento histórico nacional. White Pine Camp y Kamp Kill Kare (conocidos actualmente como Lake Kora) están intactos, son preciosos y admiten reservas.
Kemble, quien ha visitado los Adirondack desde su infancia, asocia la región con la naturaleza escabrosa, pero también con las antigüedades de porcelana y “el susurro de una canoa atravesando aguas tranquilas”, un contrapeso con un refinamiento que es más difícil de encontrar en un rancho para turistas de Montana. “Hay una especie de sentido poético de delicadeza que es superior al del estilo de los campamentos del Viejo Oeste. Es la pisada de un mocasín”, dice.
Engelhart le encuentra sentido al paso ligero de este estilo. “Uno de los mensajes estéticos que la arquitectura rural y los Great Camps nos mandan es que es posible que los seres humanos tengan una mejor relación con la naturaleza”, afirma. “Creo que es eso mismo lo que los hizo atractivos en el siglo XIX, y también 100 años después”.
- CORTESÍA DE LAKE KORA
- CORTESÍA DE LA UNIVERSIDAD ESTATAL DE NUEVA YORK
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