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Entrevista con Walter Hoffman

Hablamos con Walter Hoffman, el hombre que se encuentra detrás de: Hoffman California Fabrics , una empresa 100 % estadounidense

Tras combatir en la Primera Guerra Mundial, Rube P. Hoffman aterrizó en Los Ángeles. Allí, vio la oportunidad de sacarle partido a su experiencia anterior, en el ámbito de la industria textil en Nueva York. En aquella época, el sector textil estaba en plena expansión y en 1924, Rube P. Hoffman creó Hoffman California Fabrics, International (bajo el nombre original de Hoffman Woolens) en el centro de Los Ángeles. Pero no fue hasta que sus hijos —Walter “Big Wal” y Philip “Flippy”— se unieron al negocio familiar cuando las cosas tomaron una dirección más californiana. Walter fue un pionero de la cultura surfista y bohemia que surgió tras la Segunda Guerra Mundial y se inspiró en las experiencias vividas durante su época de estudiante en las islas Hawái para reorientar la empresa en una nueva dirección. Los hermanos Hoffman iban y venían entre el Pacífico sur y la costa oeste y, a finales de los años cincuenta, decidieron instalarse en California para encargarse de la empresa familiar, ya con un aire mucho más surfero y polinesio. El resto, como suele decirse, es historia. Durante casi cien años, Hoffman California Fabrics ha producido prendas que aúnan belleza y un sentido de la creatividad sin igual. Con los pies firmemente anclados en la arena, Walter se ha mantenido fiel a su visión artística y al estilo de vida que siempre había querido crear. «La familia lo es todo», afirma Hoffman. «Si mi familia no estuviera implicada ya me habría jubilado». A continuación comparte sus reflexiones sobre la empresa familia, el surf en Hawái con los mejores del deporte y la vida vivida según sus propias normas.

¿Cuándo decidió implicarse en la empresa de su padre? ¿Cómo sucedió?

En Hawái no podía ganarme la vida, así que volví a casa y empecé a trabajar con mi padre. Antes de llegar, fabricaban tejidos de colores lisos. Contratamos a un artista que creó algunos diseños hawaianos con los que hicimos estampados, y los vendíamos en la trastienda. Por entonces estábamos en Los Ángeles. Cuando llegó mi hermano, propuso que nos mudáramos a Costa Mesa. Un par de años más tarde, compramos unas tierras en Mission Bay, que es donde estamos hoy.

A la hora de seleccionar tejidos y estampados, ¿qué diseños han tenido más éxito a lo largo de los años? ¿Sabe lo que va a funcionar y lo que no?

En primer lugar, tiene que ser bonito y tener los colores adecuados. Tenemos una cierta intuición sobre lo que va a funcionar. Además, escuchamos a nuestros clientes y aprendemos de ellos. El objetivo es crear estampados que te hagan feliz y te hagan sentir bien. Las flores siempre se venden bien. Cerca del 75 % de nuestros diseños son florales, y el 25 % restante otro tipo de estampados.

Siente una gran pasión por el surf. ¿Cómo empezó esta afición?

Mi primer viaje a Hawái fue en 1949. Cuando dejé la escuela me fui allí con un amigo para hacer surf. Durante el servicio militar pude elegir destino, así que me enrolé en el centro de suministros de Hawái. Trabajábamos en el horario de tardes, de 5 a 9, así que teníamos un montón de tiempo para hacer surf.

¿Dónde surfeaba, y con quiénes de los grandes compartió olas?

En verano íbamos a Waikiki. En invierno, cambiábamos a Mākaha y Sunset Beach, en la costa norte. En los años cincuenta, alquilamos una cabaña Quonset en Mākaha y vinieron un montón de amigos a pasar el invierno. Mi hermano y Buzzy Trent acabaron quedándose. ¡Vino hasta Phil Edwards! Fue genial. Por entonces, ocho personas surfeando ¡ya eran muchas!

¿Puede compartir alguna de sus mejores anécdotas surferas?

Una vez estaba en Mā’ili Point, en Hawái, con George Downing, y las olas eran bastante grandes. Estábamos en Cloudbreak, que queda a unos 800 metros mar adentro, y las olas eran tan grandes que ni siquiera podíamos cogerlas. Empezábamos braceando, pero era imposible saber dónde empezaban o dónde terminaban las olas. Al final, sin darnos ni cuenta habíamos subido casi hasta la mitad con los brazos. Todos perdimos nuestras tablas en una de las olas más grandes y tuvimos que nadar hasta la orilla. Son las olas más grandes en las que he estado, creo que medirían unos diez metros. La verdad es que tampoco lo pasé muy mal; por entonces era bastante buen nadador.