Georgia
On My Mind
El imperecedero poder y el eterno legado del estilo personal de Georgia O’Keeffe
El nombre de Georgia O’Keeffe evoca pinturas de sensuales flores, cráneos de animales suspendidos y montañas formadas por pliegues y, en la imaginación de los estadounidenses, la propia imagen de la artista resulta tan imborrable como su propio imaginario. O'Keeffe, la mujer, ha quedado grabada en la conciencia moderna a través de los innumerables retratos de los que fue objeto: figura pequeña y de aspecto serio, cabello recogido, serena y sin anhelo alguno. Una parte integral del magnetismo silencioso de esta persona era su vestuario, sin adornos, andrógino y sencillo, pero lo suficientemente distintivo como para ser tan icónico como su trabajo.
Georgia O’Keeffe llegó a Manhattan en 1918. Alfred Stieglitz —fotógrafo y posterior esposo— detectó el potencial de esta profesora de 30 años, procedente de Texas y con formación en arte. “Tuvo una estética propia antes de crear ningún cuadro”, explica Wanda Corn, autora de Georgia O’Keeffe: Living Modern. “Mientras que otros artistas desarrollan un estilo propio a medida que maduran, en O’Keeffe parecía ser algo inherente. Desde el principio, su estética estaba marcada por el menos es más”. De hecho, las fotografías de la artista en su etapa adolescente y como joven profesora muestran un estilo extraordinariamente definido: siluetas que fluyen sin interrupciones y un abrumador blanco y negro: el contraste que se convertiría en su sello distintivo.
Décadas antes de que alcanzara el éxito en los setenta, O'Keeffe elegía su la vestimenta por su pragmatismo y uniformidad, más que en un esfuerzo por crear un mito. Optó por líneas suaves que realzaban el contorno sobre la decoración interior, paletas monocromáticas y prendas sin adornos, siempre atadas o abotonadas en las muñecas. Encontró su equilibrio profesional ataviada con vestidos de manga larga, abrigos, blusas con plisados y sencillos sombreros de campana. O’Keeffe confeccionaba la mayoría de las prendas que vestía en sus primeros años: su armario es el resultado de una experta costurera cuya habilidad para coser una línea fina igualaba su habilidad para la pintura. En Lake George, donde pasaba los veranos en el complejo familiar de Stieglitz, vestía túnicas de lino y faldas con una blusa abierta debajo, sin cinturón ni corsé, como era costumbre entre las feministas.
Las tendencias que podemos constatar en la ropa de O’Keeffe —formas suaves, fluidas y serpentinas— están presentes también en sus cuadros. Al ser una de las primeras abstraccionistas, sus obras son más orgánicas que geométricas: sus composiciones incluían conchas, nubes, colinas y lagos. Aunque la artista no era una devota de la alta costura, nunca la perdió de vista, dado su enfoque holístico de su trabajo y su vida. “Quería que su aspecto reflejase lo que consideraba correcto y moderno en cada momento particular”, explica Corn.
La disposición de O'Keeffe a definir su propio estilo se materializó con su progresivo traslado a Nuevo México, a partir de 1929. Como muchas mujeres que viajaban a la región, la artista adaptó la ropa occidental con algunos ajustes acordes a su propia estética. En un paisaje de cielos infinitos, no es de extrañar que el azul —específicamente la tela vaquera— comenzara a introducirse en los conjuntos de O'Keeffe con blusas y, más tarde, a través del pantalón vaquero. O'Keeffe, que alcanzó su mayoría de edad en una época en la que las mujeres de bien se cubrían la cabeza, continuó adaptando su vestuario a su sensibilidad propia con sombreros estilo cowboy de fieltro negro o con un pañuelo anudado en la cabeza.
En muchos sentidos, Nuevo México se convirtió en el telón de fondo ideal para el vestuario monocromático de O'Keeffe: las estructuras de adobe de su casa de Abiquiú y los acantilados de roca roja del Rancho Fantasma ofrecían tonos melocotón que realzaban el blanco y negro de los vestidos cruzados. Sobre el lienzo, cambió los tonos verdes que utilizó para las colinas de Lake George por una paleta de colores más brillantes, cargada de rosas, amarillos y azules. En los retratos de esta muy fotografiada artista, el cielo parece vaciarse en el infinito que tiene detrás, mientras su figura —ligera, segura de sí misma y elegante— sostiene el marco. En cada retrato —posó para más de 50 fotógrafos a lo largo de su vida— O’Keeffe siempre se vestía para sí misma con el mismo atuendo: traje con falda negra, normalmente de algodón, cuyo corte y estilo evolucionaron con el tiempo, y una blusa blanca. En esta decisión que duraría décadas, observamos a una mujer en pleno control de su imagen. Y, ni siquiera cuando su celebridad se extendió más allá del mundo del arte, a finales de los sesenta, quiso alterar esa imagen que tan escrupulosamente se había esforzado en crear.
No es de sorprender que una mujer plenamente consciente del look que quería mostrar se haya convertido en un símbolo de la feminidad moderna. En las décadas posteriores al fallecimiento de O'Keeffe en 1986, el ritmo de la moda no ha hecho más que acelerarse y sus límites se han desdibujado, con lo que la prospección de una mujer que vestía de forma andrógina y se negaba a ajustarse a los ciclos de la moda no solo ha resultado profética, sino que también ha confirmado sus instintos. “Fue todo un símbolo de independencia”, afirma Corn acerca de la inmortalidad de O’Keeffe. “Una vida de pensamiento propio y existencia propia en un mundo que podría haber derivado en muchas otras posibilidades y alicientes y, por tanto, en algo distinto”.
- Cortesía De Getty Images
- Krysta Jabczenski. Abiquiú Home and Studio, Bedroom Closet, 2019. © Georgia O'Keeffe Museum
- Maria Chabot. Georgia O'Keeffe, Ghost Ranch House Roof, 1944. © Georgia O'Keeffe Museum
- Knize. Skirt, 1964. © Georgia O’Keeffe Museum
- Alfred Stieglitz. Georgia O'Keeffe, ca. 1921. © Georgia O'Keeffe Museum



