Un paseo
para recordar
Ya viva en la ciudad, en el campo o en cualquier otro lugar, ahora es el momento perfecto para disfrutar del poder reparador de una larga caminata
Durante las semanas que hemos pasado confinados, el simple hecho de caminar se ha ganado un nuevo lugar tanto en nuestra mente como en nuestro corazón. En las noticias, nos han mostrado historias de muchos viajeros que se desplazan a pie. Como el Ferndale T-Rex Walking Club, un grupo de inconformistas que se visten con trajes de animales inflables y desfilan en grupo por las calles de Michigan para animar a sus vecinos. En Gales, se ha visto a una animada manada de cabras salvajes dando paseos en grupo en fila india por las estrechas aceras de Llandudno. En España, algunos se oponían al movimiento «quédate en casa», paseando a sus gallinas, a perros de juguete o a peces de colores (en sus peceras). Pero lo más memorable es la historia del Capitán Tom Moore, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, de 100 años de edad, que recaudó la mayor suma jamás alcanzada en una marcha solidaria: más de 36 millones de dólares. ¿Cómo? Dando 100 vueltas a su jardín.
Las salidas a pie han tomado un nuevo propósito y una importancia distinta en nuestro propio mundo particular. Vamos, como peregrinos, a la puerta de nuestros vecinos y hablamos con amigos y vecinos de acera a acera o a través del patio o del jardín. Pasear al perro se ha convertido en el ritual esperado de la jornada, tanto para el dueño como para el animal. Al igual que las visitas a los parques de la ciudad o los paseos por el bosque, para los que tienen la suerte de tenerlos cerca. Lo que antes hacíamos de forma apresurada tiene ahora un papel fundamental si queremos seguir lúcidos y optimistas.
Podríamos decir que el hecho de caminar (el movimiento más habitual para todos nosotros) nos mueve, tanto literalmente como en sentido figurado, pero, ¿por qué?
Desde un punto de vista científico, sería difícil encontrar una dolencia, desde el estrés hasta las apoplejías, desde la demencia hasta la depresión, que no pueda combatirse con una buena caminata. En la práctica, el impacto de los pies contra el suelo (o la tierra) aumenta el flujo sanguíneo que llega al cerebro y origina una reacción en cadena de ondas de sensación de bienestar a través del cuerpo, un estímulo muy necesario en momentos como este.
Y, desde un punto de vista histórico, es una de las respuestas más antiguas las que se mantiene más actual. Solvitur ambulando. Una frase latina atribuida al filósofo griego Diógenes el Cínico, que se traduce como «se soluciona caminando». Son muchas las figuras notables que dan fe de esta verdad absoluta, desde Charles Dickens a Ernest Hemingway o el filósofo Kierkegaard, quien dijo: «He llegado caminando a mis mejores pensamientos y no conozco ningún pensamiento tan pesado del que no se pueda huir andando»—.
No hay una sola forma de caminar, pero la forma en la que la mejor de las caminatas nos puede hacer sentir, es única. Ya sea planificada o improvisada, con un objetivo concreto o alejándose de un punto determinado, en solitario o en grupo, con un mapa o sin él —el placer único de perderse para encontrarse de nuevo—, lo más gratificante es estar presente y centrado en nuestros propios pasos.
Los paseos rurales y naturales son el ideal pastoral. Una caminata por el prado o por el bosque es el culmen de la soledad meditativa. Se trata de redescubrir tanto los placeres de la naturaleza como la fuerza de nuestro interior. Como Henry David Thoreau lo describió en su influyente ensayo «Caminar»: «Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a caminar por bosques, colinas y praderas». Pero, si está atrapado en Manhattan o Milán, no deje que eso le disuada de las aventuras urbanas diarias. Para demostrar que caminar por el asfalto puede descubrirnos muchas cosas (de nuestras ciudades y de nuestro interior), basta con observar el método kinhin, la antigua práctica budista que considera que la meditación se hace caminando. A diferencia de la meditación sentada de zazen, el kinhin consiste en alinear la respiración con el movimiento de las piernas. Si se logra dominar, es una herramienta mental excepcional, pero su base es sencillamente caminar en el sentido de las agujas del reloj por una habitación.
Cuando nos impulsamos por la intención, en lugar de la dirección cardinal, no es necesario decidir un destino (y si además es miembro de un club de senderistas descalzos o similar, tampoco necesitará zapatos). Simplemente salga y empiece a caminar. Un camino nuevo o un viejo conocido, ambos ofrecen la oportunidad de reafirmar el simple hecho de que el mundo nunca se detiene, ni nunca tuvo la intención de hacerlo. Incluso si se aventura de nuevo por un lugar por el que ya ha pasado mil veces, seguro que le mostrará nuevos tesoros. Caminar es aceptar ese hecho y disfrutar de ello. Ahora que todo el mundo está en pausa, es el momento de dejar que caminar le convierta en un detective —observador de aves, rastreador de animales, amante de las flores, respirador profundo, coleccionista de castañas, y defensor del aquí y del ahora— siempre agradecido por la oportunidad de permanecer con los pies en la tierra.
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- FOTOGRAFÍAS DE Carter Berg



