Lo realmente
eterno
A todos nos encantan las novedades, pero cuando se trata de nuestro hogar, los objetos más preciados son los más antiguos, ya sean heredados o adquiridos
Todo lo que me fascina es antiguo.
Mi anillo de boda procede de una tienda de segunda mano.
También mis botas, ropa, libros y cuadros favoritos.
Me encantan las cosas gastadas (o usadas) y desgastadas.
Tengo fascinación por las cosas oxidadas,
desconchadas,
deshilachadas,
remendadas,
anticuadas,
agrietadas,
descoloridas,
parcheadas,
descascarilladas,
arañadas
y
desteñidas.
Siempre me han entusiasmado las paredes antiguas marcadas con carácter, como la cara arrugada de Georgia O’Keeffe. Nunca lijaré la pintura ajada de la puerta de la fachada de nuestra casa de campo, que tiene 200 años de antigüedad. Prefiero las llaves y las bisagras oxidadas, el estaño que se ha vuelto mate y se ha abollado con el paso del tiempo, las fotografías familiares descoloridas en delicados tonos sepia, las pinturas envejecidas artísticamente en marcos dorados astillados o sin marco, las viejas tarimas que crujen al pisarlas y brillan bajo alfombras raídas, los frágiles farolillos de papel, las esculturas de jardín erosionadas por las tormentas de verano y los días de viento, los venerables sillones y sofás cubiertos por tejidos deslucidos, las mesas puestas con vajilla de porcelana china heredada y cubertería de plata con monograma, las ventanas y los asientos junto a las ventanas resguardados por cortinas gruesas, las antiguas repisas cobijando la calidez del fulgor de la lumbre, las pilas de libros antiguos y los cojines deshilachados repartidos por todas partes. Me gustan este tipo de cosas que aportan calidez a nuestros hogares porque despiertan la emoción en nuestros corazones.
Pienso en ellas como representativas de los lugares que todos consideramos nuestro hogar. Da igual si se trata de un edificio viejo o nuevo, un rascacielos o una cabaña, con vistas a ríos, bosques, colinas o edificios elevados, en el norte, el sur, el este o el oeste.... no importa tanto el lugar donde vivimos sino cómo vivimos y qué entornos creamos para estar cómodos, tanto nosotros como nuestras familias y amigos.
En una época en que se trata desesperadamente de ser joven y nuevo, moderno y a la moda, yo elijo lo viejo. Esto no es una disculpa ni una rebelión, sino una celebración de las cosas que duran, no solo las cosas gastadas y desgastadas de nuestras casas, sino las del corazón, incluidos el amor, la emoción, la personalidad y la integridad. Ahora, más que nunca, estas son las cosas que nos ayudarán.
(Extracto del inicio de For the Love of Old, de Mary Randolph Carter, Rizzoli, 2006)
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